sábado, 15 de marzo de 2008

Apendicitis

Esta mañana puticienta ha salido a la calle. A buscar el periódico. Por aquello de que, de vez en cuando, a una se le inflama la glándula de la curiosidad y le da por culturizarse de una forma más formal, valga la redundancia. Estupendo es acercarse un sábado, temprano, al quiosquero y soltarle de buena mañana:

_ Que me llevo El Periódico, La Vanguardia, El País, El Mundo, El Punto

Y aparte. Porque hay que estar informado, sí. Pero si resulta que algún día tienen mucha prisa, ¿qué hacen? Pues ahí les va una pequeña y prudente sugerencia. Cogen el PC, se meten en Internet. Buscan grupos multimedia en Google. Y, como si de Rappel se tratara, en cinco minutos saben quién es amiguito de quién y que va a aparecer publicado ese mismo sábado en el suplemento cultural. Lo dicho, que no hay nada como tener buenos compañeros de CAV: Club de Amantes del Vino, Comité de Aperitivos y Vermuts, Conchas Almejas y Valvas… Y así una larga lista, como diría Percebal, de “Reyes del Canapé”. Porque si hay algún elemento que hoy en día pueda descifrar el panorama de la industria cultural en España ese es la Geografía Económica (y la gastronómica, que a todo buen hombre se le conquista por el estómago).

Ante este espectáculo una se cuestiona si debería o no haber horizonte para el suplemento cultural. Si hay suplemento, tal y como indica la misma palabra, es porque existe la necesidad de ampliar o complementar una carencia, la de la cultura, reemplazando su ausencia con su presencia casi obligada. Puede que el remedio sea peor que la enfermedad, pues es bien sabido que el suplemento decide qué publicar cumpliendo antes con los compromisos extraculturales de todo el grupo. Pero pensar en eliminarlos podría convertirse en un fatal error. Tal vez lo inteligente sería, siendo realistas y asumiendo que dentro del propio periódico la cultura no tiene gran cabida, aumentar las páginas de los suplementos y publicarlos diariamente. Ya que existen, CAVilemos sobre ellos, que no está de más y nunca se sabe.
[Enlazo la crítica al libro de la semana de Babelia, suplemento cultural de El País. Está dedicada a Elefante Suite, de Paul Theroux. Un último apunte, por si el autor de la crítica no lo menciona. Que sepan que la editorial es Alfaguara y que pertenece al Grupo Santillana que a su vez forma parte del Grupo Prisa, como El País. Qué bonito cuando todo queda en familia...]

domingo, 9 de marzo de 2008

Entre polvo y naftalina

¿Recuerdan a la ratita que barriendo la escalera se encontró una monedita? Pues vaya con la roedora. Puticienta lleva toda la tarde cepillando las rendijas de su jaula y no ha sacado más que mierda. La nimiedad del ser puede resultar, a veces, altamente insoportable. Y que razón tenía Milan Kundera cuando, abordando ampliamente en uno de sus capítulos la cuestión del kitsch, reiteraba la flamante idea de que si la palabra mierda ha sido reemplazada en el cosmos de la literatura por un arsenal de susceptibles y quisquillosos, no ha sido por razones morales:

“El desacuerdo con la mierda es metafísico. El instante de la defecación es la prueba cotidiana de carácter inaceptable de la creación (...). O bien la mierda es aceptable o bien la manera en que hemos sido creados es inadmisible”.

El mundo es un lugar en el que la mierda se comporta como si no existiera. A este ideal estético se refiere Kundera, cuando define lo kitsch. Tildado de vulgar, sentimentalista y de mal gusto, pretencioso o artísticamente falso; falto de originalidad y atribuido al deleite popular. Pero todo el gozo, en un pozo. Porque tal y como explica Kundera el kitsch, por esencia, es la negación absoluta de la mierda, excluyendo de su campo de visión todo aquello que la esencia humana tiene de esencialmente inaceptable.

Detrás de esta excelente reflexión y de un no menos maravilloso cuestionamiento sobre el ser humano, puticienta destapa el camuflaje que disimula el verdadero interrogante que late en nuestras entrañas:

_¿Quién soy yo? ¿Qué tienen en común conmigo Raffaella Carrá y Manolo Escobar, que han irrumpido muy sutilmente en mi pantalla de televisión durante todo el sábado noche?

Nada, si no fuera porqué se han convertido en iconos kitsch. Una moda que, aunque un tanto mojigata como refleja Kundera, rescata aquellos grandes éxitos del pasado que tanto nos hacen gozar.

Barriendo la escalera, entre polvo y naftalina, puticienta ha vuelto a tropezar, esta vez con el pop melancólico de los 90 de Belle&Sebastian. Suena su inconfundible Expectations (Tigermilk, 1996), tema que, curiosamente, ha sido remasterizado e incluido en la BSO de la película Juno. Créanme cuando les digo que puticienta no es la única que disfruta con este típico y tópico placer culpable. Presten oídos, tengan curiosidad y, si no les parece una mierda, deléitense.

http://es.youtube.com/watch?v=4ZjZ91E6fdE





miércoles, 5 de marzo de 2008

'Ciberterrorismo de Estado'

Con mucho acierto el gran historiador Eric Hobsbawn respaldó la idea de que el siglo XX empezó en 1918, con el fin de la primera Guerra Mundial, y terminó en 1989 con la caída del muro de Berlín. Y es que un siglo no empieza y termina cuando lo marca un calendario. Por eso política y culturalmente hace ya muchos años que nuestra sociedad está inmersa en el siglo XXI, compartiendo al mismo tiempo, de forma global e inmediata, gran cantidad de información que se difunde a través de las nuevas tecnologías. Desde 1989 todos somos migrantes de una nueva cultura creada por las tecnologías del conocimiento, que nos desplaza hacia un planeta altamente tecnificado, hacia la llamada Sociedad de la Información.

De esta revolución tecnológica y cultural debería derivarse utópicamente una sociedad homogénea e igualitaria, tanto en materia de difusión como de recepción de datos a través de la red. Sin embargo, el poder de transmitir información no está al alcance de todos: el factor capital ha dado lugar a una concentración vertical del producto info-comunicacional, situándolo en muy pocas manos. Las tecnologías de la globalización postindustrial han cambiado el sentido de la nueva migración: nuestra sociedad ya no se divide entre ricos y pobres, sino entre quienes pueden recibir y transmitir información y quienes han quedado desconectados del mundo. Se abre así un enfrentamiento moral en el que se cuestiona si nos encontramos ante una evolución positiva de nuestra sociedad o si, por el contrario, la Sociedad de la Información no es más que la sutil creación del entramado capitalista; un debate en el que se plantea si la desreglamentación del mercado informacional y la inexistencia de leyes que regulen el derecho al acceso y a la difusión cultural fomentan la desigualdad. Se habla del peligro de la homogeneización y de la desaparición de la identidad cultural de aquellos países que han quedado expuestos a los contenidos impuestos por las majors que controlan toda la programación. Sin embargo, de este sutil planteamiento se exime gratuitamente a los principales actores del espacio público: los gobiernos. Viéndose a sí mismos como posibles víctimas de la migración digital y del fenómeno Internet, actúan en consecuencia y también restringen en ocasiones el acceso a los nuevos servicios informacionales, audiovisuales, culturales y artísticos que ofrece la red.

Internet ha provocado que tanto la vida económica como política de nuestra sociedad empiece a emigrar hacía las inmediaciones de la red. En Internet se produce una gran cantidad de información, fiable o no, que para algunos puede resultar incontrolable y peligrosa. La imagen desbocada de Internet está provocando en los organismos gubernamentales de la mayoría de países una preocupación por la estructura estatal, viendo peligrar el control efectivo que tenían sobre las masas. Por lo tanto, esa libertad de la que supuestamente goza el usuario, que busca información, y el proveedor de contenido, que puede tratarse del mismo usuario, está siendo coartada tanto por aquellos que falsean información dentro de la red como por las instituciones estatales de algunos países, alegando que Internet es incontrolable y cuestionando el carácter desenfrenado que presenta la red. Ahora el elemento clave de manipulación que acecha al usuario se encuentra en la restricción de información y de contenidos por parte de las instituciones gubernamentales, justificando la acción como remedio a la condición incontrolable de Internet.

Abrumados por esta situación compleja, los Estados se ponen a la defensiva. Todos quieren tener Internet, pero sueñan con una red bajo control. Frente a este dilema, se despliega un arsenal de medidas represivas. Los regímenes más autoritarios legislan, vigilan y censuran. En Corea del Norte el caso Internet está zanjado: ni servidor, ni posibilidad de conexión. Arabia Saudí, no obstante, ha preferido construir un gigantesco sistema de filtración de direcciones y contenidos, dando lugar a una Intranet nacional. En el caso de China, que al parecer ya tiene 20 millones de internautas, se están formando brigadas de policías para “la guerra contra los artículos antigubernamentales y anticomunistas publicados en la red” y también se está dotando de un dispositivo legislativo sumamente represivo, en el que la cibercriminalidad puede ser castigada con la pena de muerte. Sin perder de vista a las democracias occidentales, en éstas el temor a un Internet incontrolable se traduce en repetidos intentos de instauración de un marco legislativo. Tal y como especifica Gutiérrez López “el verdadero problema que se presenta es que, parece ser que una serie de analfabetos digitales, normalmente jefes de gobierno, quieren controlar la red e imponer sus criterios de censura. El motivo principal es, según ellos, el ciberterrorismo. (...) Y si es así ¿quién nos salva a nosotros del ciberterrorismo de Estado?". Si Eric Hobsbawn levantara, asombrado, la cabeza, ¿pondría fin a esta era y daría nombre a otra en la que ni estados, ni delimitaciones, ni restricciones culturales desigualitarias tendrían ya sentido?
Como explica Lorenzo Vilches, “si la vida económica y política se traslada a la red, a través de un proceso de mercantilización de las relaciones que forman el tejido de la democracia, los gobiernos basados en la delimitación geográfica de un territorio pierden bastante de su razón de ser”. Y a todo esto puticienta se pregunta, fisgona y pedante como siempre, si estará en peligro la antigua estructura social, cultural y tradicional del estado. Porque es más que posible que el temor de los estados a perder poder e influencia sobre su territorio, como consecuencia de este profundo cambio en la dinámica social y cultural en la que estamos inmersos, sea un factor mucho más influyente en la restricción del acceso a las nuevas tecnologías, en la limitación de la libertad, de la interactividad y del derecho del usuario a poder acceder a todo tipo de información cultural, que el propio discurso globalista. Dicho queda.

viernes, 29 de febrero de 2008

'Vamos por partes'

Como dirían Los Muñoz:
_ Escúchame princesa, Porque mañana es fin de semana y Destrangis in the night puticienta ¡Vuelve a las andadas!

Todos los viernes, a su derecha, en El Cuadernillo. Ahi van algunas perlas que pueden dar brillo a nuestro weekend. Aunque para gustos, colores.

Así que ya saben, déjense de Tanta tinta tonta, cálcense los zapatos y Gulere, gulere, gulere...

martes, 26 de febrero de 2008

Un gorrión en Hollywood

Indagando en su cuchitril puticienta tropezó en la alfombra roja y se topó con un distinguido ochentón:

_Pero Óscar, ¡qué jodidas son estas caídas de audiencia!
_ Wherever... ¡que éste ya No es país para viejos!

Y si no que se lo pregunten a la recién premiada Marion Cotillard, galardonada con la estatuilla como mejor actriz principal por su interpretación de Edith Piaf en La vida en rosa. Llegar y besar el santo. Pero para rosario el que le endosa el director francés Olivier Dahan a su protagonista. El film, si consigues descifrar qué ocurre entre escena y escena, se obstina en mostrar una Edith Piaf mártir y sacrificada, así que no esperéis ver ninguna secuencia graciosa durante todo el largometraje.

Y es una verdadera lástima que el soporífero biopic de Edith Piaf empañe la excelente filmografía del autor, que siempre se ha caracterizado por mantenerse fiel a una generación de actores del talante de Benoît Magimel o de Romaní Duris, que, agraden o no, le han dado personalidad y estilo a su trayectoria profesional. Si Olivier Dahan creía que La vida en rosa sería una de esas películas en las que, cuando termina, te quedas clavado en la butaca sin poderte levantar, se equivocaba. Si Olivier Dahan pretendía radiar con La Môme el impulso vital de una artista de la talla de Edith Piaf, erraba. Porque lo único que deja rastro y perdura a lo largo del film es lo simbólico del título en francés. Y es que acercarse a la última escena de la película con la sensación de tener a tus espaldas 140 minutos, mal entramados, de puros momentos anecdóticos de la vida de la cantante francesa es prueba suficiente de que la historia de Dahan, esta vez, no ha logrado calar hondo.

De los barrios bajos de París al éxito de Nueva York, de una infancia reñida por la pobreza al estrellato mundial, la vida de Edith Piaf está repleta de apasionados romances con eminentes nombres de la época, como su gran amor el boxeador Marcel Cerdan. Pero el gorrión de París se merecía un film mucho mejor que éste. Y es que son muchas las cosas que no funcionan en esta narcótica biografía. Quizás la más notable sea un guión en el que no se desarrolla a los personajes secundarios. Y demos gracias a que Olivier Dahan tiene el detalle de presentarnos a algunos de ellos, puesto que el resto pasan por el film sin que el espectador tenga la menor idea de quiénes son ni qué relación tienen con Edith Piaf. Era de esperar, pues, que tal incertidumbre entorno a los acompañantes de Edith diera lugar a un reparto que no se luce ni seduce con sus interpretaciones por no saber qué hacer con su papel. Un guión receloso y atestado de personajes desconocidos, que no mejoran en una trama que abusa en su estructura de agotadores saltos temporales. De la Piaf de los años 40, a la infancia de Edith. De la niña, a la cantante francesa de los años 30, para saltar de nuevo a los 40 y retroceder otra vez a la niñez de Piaf. Una narración no lineal que acentúa más la incapacidad del director para explicar una historia de la que podía haber sacado más jugo, si se hubiera centrado en una etapa de su vida.

Un último consejo, por eso de que, a veces, el zapato estrecha y a uno le falta el suelo. Si lo que quieren es compilar la esencia francesa de los años 40 y disfrutar de la maravillosa voz de Edith Piaf, puticienta les recomienda que abandonen el felpudo rojo, empiecen a husmear en los cajones de las tiendas de música y compren alguno de sus CDs remasterizados.




sábado, 23 de febrero de 2008

Érase una vez

“Ni Blancanieves era tan pura ni su fruta tan oscura”, pensaría Walt Disney si hoy levantara la cabeza y descubriera que había una vez una dulce princesa que pelaba la pava con Mudito y Gruñón. Del sofocón que le daría se descongelaría de golpe. Porqué para pelandrusca la madre de la princesa, que en la versión original del cuento, envidiosa de su belleza, ordena matar a su hija a lo Hanníbal Lecter, arrancándole el corazón. Como bien dice el refrán, no es oro todo lo que reluce ni es tan fiero el Gruñón como lo pintan.

Quienes crecieron soñando con una vida de cuento, de duendes, de hadas, de príncipes y de varitas mágicas, perturbados por el poder cultural del "vivieron felices y comieron perdices", que sigan leyendo. Porqué para educación la de Blancanieves, que la niña, por guapa, va y casi la endiña. Si algo aprendió puticienta es que cada cuál sabe dónde le aprieta el zapato. Así que, en palabras del escritor argentino Almafuerte,

¡Seas el que tú seas, ya lo sabes:
a escrutar las rendijas de tu jaula!